Jordi Santiago.- Una parte importante de la literatura científica existente en torno al tema del desarrollo en América Latina, nos presenta una discusión teórica sumamente compleja e inacabada, distintos matices conforman esta dialéctica. Sin embargo, algo es evidentemente claro, se puede constatar de manera empírica, que las políticas realizadas por los gobiernos para superar el subdesarrollo - muchas de estas medidas inspiradas en teorías clásicas y neo-clásicas - no han sido eficaces. Por el contrario, las asimetrías entre grupos de poder económicos que poseen mayor acceso para insertarse en la sociedad se han acrecentado en relación a los grupos más débiles, en situación de exclusión y marginalidad.A la luz de los hechos podríamos afirmar, que la preocupación en relación al tema que nos ocupa, sigue siendo el crecimiento del ingreso, la capacidad productiva y el desempleo, que son sin duda el núcleo fundamental de las temática del desarrollo; sin embargo su método de análisis macro dinámico está esencialmente en la misma línea de las escuelas clásica y neoclásica. (Sunkel, 1995)
Estas teorías que se muestran débiles ante un análisis general de la historia latinoamericana en las últimas seis décadas - partiendo del término de la segunda guerra mundial y la creación de organismos económicos internacionales como la CEPAL, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, entre otros - dejando evidencias de que muchas de estas tesis no hicieron otra cosa que establecer herramientas teóricas para mantener a los países en desarrollo financiando a los países industrializados.
Muestra de ello, son las tesis de la llamada sociología del desarrollo norteamericana, la cual nos dice que los países industrializados deben establecer un mecanismo de difusión de “comportamientos favorables al progreso” eliminando todo rasgo de cultura que se considere sea un factor que perpetúe el atraso, concibiendo además, el sistema social y el sistema cultural como elementos no adaptables al cambio económico.
De igu
al manera, encontramos planteamientos teóricos como los de Lewis y su tesis de “la cultura de la pobreza” la cual, para el autor, se transmite generacionalmente teniendo como herencia el espíritu gregario, el autoritarismo, la poca participación y particularmente la orientación hacia el inmediatismo y la poca planificación para el futuro (Lewis, 1961). Por lo tanto, el primer paso para superar el subdesarrollo es modificar las manifestaciones culturales de los países subdesarrollados. Para estudiosos del tema como De Venanzi lo fundamental desde la óptica sociológica del desarrollismo fue “la capacidad que mostró para sellar pactos entre diversos sectores sociales, y para garantizar una relativa paz social” (De Venanzi, 1997). Esto sin duda, se enmarca en un modelo político de democracia liberal, sumida en una profunda corrupción y un manejo de cuotas de poder entre burocracias gubernamentales y sectores empresariales, es decir, un Estado débil que asegure la expansión comercial.
Es evidente entonces, que estos planteamientos obedecen a una lógica de dominación hegemónica justificada en supuestos teóricos. No obstante, planteamientos de organismos como la CÉPAL, también han fracasado por plantearse modelos de desarrollo orientados en copiar los mismos patrones de consumo y producción de los países Industrializados.
El modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones es un ejemplo de ello, cuyo fracaso se evidencia, entre otros razones, porque persiguiendo el modelo de los países industrializados, requirió mucho capital y tecnología avanzada, lo cual frenó el proceso de acumulación, además originó una gran fuga de capitales y un predominio de empresas trasnacionales renuentes a la inversión. A esto se suma, la enorme deuda externa que contrajeron los países en desarrollo para salir del atraso, acompañado de los llamados Programas de Ajuste Estructural, cuya función era moldear la estructura política y económica de los países deudores hacia una arquitectura neo-liberal.
De igual modo, la CEPAL sostiene que debemos ver la equidad no como el resultado indirecto del crecimiento, sino como una precondición para lograr un crecimiento basado en la introducción de mejoras técnicas. Sin embargo, para superar la pobreza es preciso una política que apunte a modernizar la empresa y a elevar su productividad y la de su entorno, proponiendo la tradición neoestructuralista la cual permitiría resolver los problemas críticos del mercado (Ramos, 1995)



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